una tras otra y que nos mantienen en una constante
toma de dediciones.
Estas situaciones, son figuras para nuestra atención,
para pasar luego a darles forma,
a las personas que somos.
Necesitamos tomar decisiones,
aquellas que muchas beses implican cambios profundos,
que nos transforman y nos llevan a buscar un nuevo
sentido a nuestras vidas.
La muerte de un hijo implica cambios,
toma de decisiones, abandonar patrones de conducta
que hemos acumulado,
quizás neuróticamente, y aprender a vivir de nuevo,
asimilando la nueva realidad,
asumiendo nuevas cosas,
reajustándonos a la nueva realidad,
proceso que puede durar largos años,
hasta lograr reconstruirnos de nuevo y conectarnos
con la nueva vida.
No sabemos cómo vamos a cambiar ante las situaciones
traumáticas que se presentan a lo largo de nuestra vidas,
incluyendo la muerte de un hijo,
que es lo peor que le puede pasar a un ser humano pues
nos arroja violentamentea un caos existencial.
Sin lugar a dudas,
no estamos preparados para afrontar la muerte de un
ser querido y mucho menos la de un hijo.
La muerte de un hijo escapa a lo que pensamos que
es la secuencia natural,
del ciclo de vida y muerte.
Un nuevo aniversario de la muerte de mi hijo
me golpea sin piedad y no puedo escapar de su impacto,
pero me brinda la oportunidad para detenerme
en este camino del duelo y reflexionar sobre mi travesía
en estos largos años.
Estoy consciente de los cambios que ha tenido mi vida.
Tal vez para las personas que me conocen
crean que me transforme en una persona diferente,
no sé si mejor o peor,
a la que era antes, de la muerte de mi único hijo.
Tengo la sensación de estar viviendo dos vidas
en paralelo,
donde las nuevas experiencias y logos de una
no son suficientes para compensar,
aquello que perdí en la otra.
Sin embargo, hay cosas que han quedado inalteradas,
que forman parte de mis dos vidas.
La muerte de Iván me ha puesto en contacto
de una manera mucho más profunda con mi vida,
y el no temer a mi propia muerte y esta certeza
que me acompaña permanentemente,
es con frecuencia fuente de serenidad y
de una paz interior que nunca antes había sentido.
Me he convertido en una persona que vive mucho
más hacia su propia interioridad que hacia fuera
y definitivamente,
he perdido mi capacidad de asombro,
si mi hijo murió, cualquier cosa puede pasar,
esta revelación me permite comprender y
ver la realidad, tal como es y no distorsionada
a través de un cristal,
como yo quisiera que fuese.
Antes, solía comenzar mi día con entusiasmo,
y me sobraba energía para mi familia y todas
las actividades que quisiera realizar,
y disfrutaba intensamente de todo lo que la vida
me ofrecía.
Ahora, mi nivel de energía y ganas de vivir
es mucho más bajo y muchos días debo de hacer
un grandísimo esfuerzo
por encontrar entusiasmo.
He vuelto a sentir los colores,
sonidos y olores de la vida,
pero nunca con la misma intensidad,
vamos no tiene ni punto de comparación.
Las preguntas que en estos muchos años
han ocupado mis pensamientos,
aun hoy siguen sin respuestas y
continúo sin saber,
si la muerte de Iván fue un evento,
que ocurrió porque había llegado su momento,
porque estaba escrito, era su destino,
o tal vez por error del universo.
Sigo pensando que si algunas cosas
hubieran sucedido de otra manera,
Iván aún se encontraría con nosotros.
En estos años no he conseguido desarrollar la fe,
de otras personas que se resignan y aceptan
los designios de Dios,
en cuyas manos están nuestras vidas
y nuestra muerte.
La idea de que Iván está en un lugar mejor,
como me dicen muchas personas,
no me brinda consuelo alguno.
Yo lo quiero aquí conmigo,
para terminar juntos todo y todas las cosas de nuestras vidas,
que quedaron sin terminar,
y ya nunca las podremos terminarlas juntos.
Me he vuelto más tolerante, con las otras personas,
y mis expectativas han disminuido.
Una vez leí algo que me gustó mucho:
la verdadera libertad proviene de aprender a vivir,
sin expectativas,
tener pocas expectativas hacia los demás me
ha enseñado a aceptarlos tal como son,
a no esperar más de lo que me pueden dar,
y a tener siempre presente su transitoriedad.
Las personas llegan y se van de nuestras vidas,
como la ola llega a la orilla de la playa y
luego se retira.
No nos queda sino atrapar el instante,
de ese contacto y dejarlo ir cuando es el momento,
sin tratar de alargarlo.
Ya no peleo por cosas, que antes me parecían trascendentales.
Cuando se ha perdido lo más valioso en la vida,
¿qué otra cosa puede ser tan importante
que valga la pena pelear por ella?
He aprendido a administrar mi energía con mucha
más sabiduría,
a proteger mi fragilidad emocional y a acercarme
y retirarme de las personas respetando
mis límites y necesidades.
Me ha tomado mucho tiempo ubícame de nuevo
en un mundo,
donde a menudo me siento extraño,
pero he luchado ferozmente,
por conseguir un espacio en el nuevo mundo
que he construido en estos años,
y bien sabe Dios lo que me ha costado,
quedarme aquí de nuevo,
bueno me ha costado y me sigue costando.
Sé que la muerte de mi único hijo Iván no tiene
resolución porque he perdido una parte mía
que es irrecuperable,
pero también es cierto que la vida continua
y no me queda, sino seguir armando el
rompecabezas de mi vida, sin mi hijo Iván,
con los pedazos que quedaron,
y continuar deambulando por este valle de
sombras, donde ya nada volverá a ser igual.
Estoy atento a las señales, que en mi proceso
de duelo, me indican el camino a seguir en
mi reconstrucción y búsqueda de un nuevo
sentido a mi vida.
A pesar de todo lo que he perdido,
he decidido arriesgarme a seguir viviendo.
ESPAÑA A 1 De Febrero del 2005
DIEGO MUÑOZ.


